jueves, 18 de noviembre de 2010

El papá de Simón

 20 de noviembre. Día Internacional de los derechos de la infancia
Artículo 3º.- El niño y la niña tiene derecho desde su nacimiento a un nombre […]
     Artículo 6º.- El niño y la niña, para el pleno desarrollo de su personalidad, necesita amor y comprensión. Siempre que sea posible, deberá crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus progenitores y, en todo caso, en un ambiente de afecto y de seguridad moral y material 


El Papá de Simón es un cuento del célebre escritor francés Guy de Maupassant (1850-1893), que apareció publicado por primera vez en  La Réforme politique et littéraire el 1 de diciembre de 1879. Es uno de sus primeros cuentos breves, género en el que este autor destacaría hasta el punto de ser uno de los mejores y prolíficos cuentistas de la literatura universal contemporánea.
El papá de Simón narra las vicisitudes de un niño de 7 años que va por primera vez a la escuela. Un niño tímido al que su madre siempre mantuvo oculto por la vergüenza a mostrar ante la gente el fruto de un amor frustrado. Simón es hijo de una mujer soltera y no sabe quien es su padre.
Cuando es preguntado por primera vez por sus compañeros como se llama, él responde tímidamente que su nombre es Simón. ¿Simón qué? insisten los pilluelos. ¡Simón! ¡me llamo Simón!... Las burlas de los chicos no se hacen esperar y le arrojan a la cara que no tiene apellido porque no tiene padre…
¿Padre? Al principio queda estupefacto, pero es cierto. No tiene padre pero no puede permitir tales burlas y se enfrenta valientemente a sus compañeros que huyen ante su vigor físico.
Triste, confuso y con lágrimas en los ojos se aleja hacia los campos, habiendo tomado una determinación. Quiere ahogarse porque en cierta ocasión cuando sacaron el cadáver de un mendigo ahogado en el río alguien dijo: “Ahora es feliz”. Quería liberarse de esa tremenda y pesada carga que es la falta de un padre que se fraguaba en la ingenua mente infantil como algo monstruoso y reprobable.
Ya en la orilla del río y sofocado por los sollozos, alguien se dirige a él para preguntarle que le ocurre. Se trata del herrero del pueblo, un mocetón soltero y sensible que por allí pasaba. El niño le cuenta sus pesares y el herrero le dice que de ahora en adelante cuando le pregunten diga que su padre es él y que si alguien vuelve a burlarse tendrá que vérselas con el enorme hombretón.
Henchido de felicidad y orgullo, Simón regresa a la escuela para informar a todos que su padre es el herrero del pueblo. Los demás niños quedan atónitos y atemorizados pues de todos es conocida la fortaleza y hombría de ese joven.

El dolor y sufrimiento de Simón es compartido por muchos niños en el mundo que no tienen el afecto y protección al que tienen derecho. Es paradójico este efecto multiplicador: burla y ensañamiento con alguien al que un nacimiento sin progenitor ya ha sustraído parte de uno de los más elementales de los derechos: conocer al padre. ¿No se ha ensañado ya la vida suficientemente para tener que recordárselo a diario en la escuela? Hoy, que tan aficionados somos a dar nombre a todo, diríamos que Simón es víctima de un acoso escolar que casi desemboca en suicidio. Hay casos en nuestro país donde este tipo de situaciones ya se han producido. El acoso escolar, o si recurrimos a los anglicismos el bullying, es moneda frecuente en nuestros centros escolares y es algo a atajar por parte de los educadores y sobre todo por una educación familiar adecuada y cimentada en el fomento de valores tales como el respeto, la tolerancia y el honor.
Pero la sociedad también es culpable en muchas ocasiones por la doble moral de la que tantas veces da muestras. Todavía en algunos ámbitos una madre soltera puede producir una cierta compasión despectiva que, como bien dice Maupassant, se transmite de forma inconsciente a los niños.
La historia de Simón puede parecernos hoy una cuestión baladí. En la actualidad, una madre soltera ya no es una apestada como no hace mucho tiempo; ya no es una vergüenza para la familia como sucedía no ha pocos años. Pero debemos contextualizar esta narración cuando fue escrita y en que entorno se desarrolla la acción: en la Francia rural del siglo XIX, donde la mujer soltera que quedaba embarazada y era abandonada por el truhán de turno, había cometido un pecado capital y quedaba marcada para toda su vida. Difícilmente podía rehacer una vida en un hogar feliz. No ocurre así en el cuento que nos ocupa con un desenlace feliz: El herrero acaba contrayendo matrimonio con la madre de Simón. Cosa extraña en Maupassant tratándose de un autor eminentemente pesimista que siempre trató las miserias humanas con el escepticismo propio de un nihilista y para quien la vida no era más que una inmensa nausea (como postularía años más tarde el filósofo Jean Paul Sartre). La única explicación que encuentro al desenlace del Papá de Simón es que fue escrito en plena juventud de su autor (contaba con 29 años) y todavía podía atisbarse en él algún asomo de dicha o alguna pequeña brecha por donde penetraba algún aspecto idílico de la vida. Grieta que pronto se cerraría para convertirse en un pétreo muro infranqueable a cualquier placer, alegría, goce o sencillamente paz interior.
 La mayoría de los cuentos que escribió a partir de 1880 suelen ser fotografías de la miseria humana, de la inanidad de la vida, de la desesperanza y la falta de fe… “lo único cierto es la muerte”, decía en sus arranques de taciturno pesimismo. Una vida destrozada por una sensibilidad demasiado excitada por los estimulantes artificiales, aderezada con unas dotes de observación fuera de lo común que le permitía registrar absolutamente todo, pero con una especial relevancia la fealdad de las cosas y las gentes.
El papá de Simón es una rara excepción en su desenlace, aunque ya apunta un género dramático si analizamos los sentimientos y sufrimiento del niño ante la certeza de que no tiene padre. Nos conmueve la primera parte del relato.
En definitiva, no es el mejor cuento de Maupassant ni está considerado entre los mejores porque el argumento tampoco es demasiado original, sin embargo está muy bien tratado y escrito y a todos nos emocionan los llantos del chiquillo en la soledad de la orilla del río y nos duelen las burlas crueles de sus compañeros.

Hay que proteger a nuesta infancia de los prejuicios de una sociedad que todavía mantiene reminiscencias del pasado considerando que ciertas convenciones no deben ser alteradas. Así hay quien todavía se rasga las vestiduras porque un matrimonio homosexual pueda adoptar un niño o una niña. Lo que nos debería encoger el corazón es que haya niños y niñas en el mundo que carezcan del amor y afecto que le deben dispensar sus progenitores, sea en el contexto sexual que sea. El amor debe primar sobre todo lo demás, en la infancia especialmente porque esta es el estamento más frágil de nuestra sociedad y el Papá de Simón así nos lo enseña.

¡Buena lectura!


Para leer el Papá de Simón ir a


José Manuel Ramos González
Pontevedra, noviembre 2010