sábado, 28 de enero de 2012

La gran herramienta (relato)

 Era una gélida noche danesa del 7 de diciembre del año del Señor de 1602.
Tycho Brahe se encontraba en la atalaya del castillo Knutstorp que había pertenecido a su familia desde generaciones. Tycho había acondicionado aquella torre, la más alta de la noble mansión, para instalar en ella su observatorio astronómico. Allí pasaba largas noches de vigilia, en las que la vista del firmamento era diáfana, obsesionado por el absorbente misterio de la infinitud del cosmos. Cuántas veces maldijo las nubes que le impedían ver las estrellas. La claridad de la luna también eclipsaba sus observaciones, pues el fulgor de los astros lejanos desaparecía, pero al menos se consolaba con la contemplación del satélite horadado por múltiples cráteres y conjeturar algunas de sus propiedades.
Durante su juventud, un carácter díscolo y pendenciero, que se veía fortalecido por cierta inmunidad adquirida ante las autoridades por su noble cuna, le había acarreado más de un problema. En una de esas frecuentes veleidades, había perdido parte de su nariz batiéndose en el terreno del honor con otro joven matemático, por el mero hecho de que ambos pretendían para sí la supremacía en el manejo de la ciencia de los números.
Para evitar la exposición de la cicatriz que desfiguraba su rostro, se hizo construir una placa de oro y utilizarla a modo de elemento ortopédico. Ese fragmento de metal dorado en su cara, le fue confiriendo con el paso de los años un aspecto más respetable por unos y más temido por otros. No obstante, aunque su carácter todavía seguía dando muestras de esa irritabilidad juvenil, se había ido mitigando dedicado al estudio y a la meditación. La ocupación de sus investigaciones lo alejaba de los frívolos problemas que antaño le parecían relevantes. Ahora casi no salía de su castillo, evitando de ese modo cualquier tentación mundana.
De este modo, la preocupación por su aspecto físico no rivalizaba ni un ápice con sus ansias de conocimientos. La visión del firmamento y esclarecer sus misterios consituían su absoluta prioridad. Por otra parte, su desahogada posición económica le había permitido trabajar, codo con codo, con los mayores genios de la época. Solicitó, entre otros, la presencia del gran astrónomo Johannes Kepler, que acudió solícito a su llamada. Con frecuencia recurría a la ayuda de los más reputados hombres de ciencia, entre los que se encontraban espléndidos calculistas, porque las operaciones con los datos astronómicos se le hacían en exceso arduas, debido a la magnitud de las cantidades con las que trabajaba. Los procedimientos de cálculo existentes eran insuficientes. Cualquier mínimo error provocaba una desviación tal en los resultados finales, que las conclusiones resultaban completamente desvirtuadas, arrojando por la borda horas y horas de prolijo trabajo.
Aquella noche parecía particularmente huraño. Se avecinaba una tormenta y pronto vería interrumpidas sus observaciones. Ensimismado en sus pensamientos, recordó haber oído rumores de que un escocés había inventado un método de cálculo que podría simplificar sus tediosos trabajos. Se decía que aquel hombre realizaba operaciones muy áridas, con mucha rapidez y una gran fiabilidad. En un primer momento, no dio excesivo crédito a la noticia. Podía tratarse de otro excelente calculista, pero él ya tenía consigo a los mejores. Aun así, se dijo que nada perdía con intentar averiguarlo.
Al día siguiente realizó todas las gestiones necesarias para obtener un nombre y una dirección. El sujeto se llamaba John Napier y residía en la antigua ciudad escocesa de Edimburgo. Tycho envió emisarios a buscarlo de inmediato. Mientras aguardaba la llegada de su invitado, fue recabando información sobre aquel caballero. Resultó ser un hombre de noble cuna, aficionado a las matemáticas y según se decía, un poco excéntrico. Dedicado al estudio de los Evangelios, en particular al Libro del Apocalipsis, había predicho a bombo y platillo el fin del mundo para finales del siglo XVII, utilizando algoritmos de su propia invención.
Cuando Tycho se enteró de los trabajos de Napier y de sus pronósticos, más propios de un brujo o un alquimista que de un científico, se arrepintió de su invitación, considerándolo un farsante. Pero era demasiado tarde. Su huésped ya hacía días que había partido de Edimburgo y estaba a punto de llegar.
Una vez que Napier se presentó ante Tycho, este último lo recibió con cierto desdén, pero decidió someter al recién llegado a una prueba, para que el largo viaje no fuese en vano, si bien Tycho era generoso y recompensaría el esfuerzo.
 Introdujo al escocés en una amplia estancia cuyas paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de libros. Nadie podía precisar de que material estaba hecho la mesa de Tycho, tal era la cantidad de pergaminos y objetos que ocultaban su superficie de un modo absoluto. En una esquina se veía una maqueta del sistema solar heliocéntrico de Copérnico. El sol era un globo de vidrio que contenía en su interior un soporte para tres velas que, encendidas, iluminaban la gran mesa de estudio del astrónomo. Al fondo, en sendos escritorios más modestos, dos hombres se encontraban trabajando en la realización de los últimos cálculos en los que Tycho había estado enfrascado a raíz de sus últimas observaciones.
Tycho pidió a Napier que calculase el valor de 1,23 elevado a 0,4. Era sabido que esa operación equivalía a obtener la raíz quinta del cuadrado de 1,23. No obstante resultaban desconocidos los algoritmos para obtener raíces de índices primos superiores a tres o, en su defecto, los métodos de aproximación eran tan complicados, que el tiempo invertido en obtener un resultado era desmoralizador. Los calculistas de Tycho utilizaban sistemas de interpolación que no siempre garantizaban resultados satisfactorios por los inevitables márgenes de error en los que incurrían.
Ante la demanda de su anfitrión, Napier, haciendo gala de la flema típicamente británica, abrió cuidadosamente el libro que siempre llevaba consigo. Aquel libro contenía multitud de cifras dispuestas ordenadamente en tablas que él mismo había elaborado. En un papel multiplicó 0’4 por el valor que en sus tablas se asociaba a 1,23 que resultó ser 0,0899. Escribió el valor del producto, 0,03596. Volvió a consultar su libro y buscó esa última cifra que estaba alineada en sus tablas con 1,086. Sin vacilar ni un solo instante, Napier dijo a Tycho que el resultado pedido era 1,086. Tycho quedó sorprendido por la rapidez del cálculo. Napier había resuelto en treinta segundos una operación que sus ayudantes tardarían casi una hora en realizar de forma aproximada. Ante su escepticismo y asombro, hizo señas a los escribientes que se encontraban en la estancia, al objeto de verificar la exactitud del valor que Napier había dado por válido.
Mientras los calculistas procedían a la comprobación, Tycho mostró a Napier su observatorio y le explicó sus trabajos. Al cabo de una hora regresaron a la estancia y los dos ayudantes de Tycho, con los ojos desmesuradamente abiertos, hicieron un gesto de afirmación ante un alborozado astrónomo que veía como sus problemas podrían comenzar a resolverse.
Tycho preguntó a su invitado:
– ¿Habéis hecho ese cálculo con una simple multiplicación y la ayuda de ese libro?
– Así es, señor.– contestó Napier con humildad.
–¡Dios mío! ¿Qué son todas esas cifras maravillosas que contienen esas páginas? – preguntó un entusiasmado Tycho.
– Yo las llamo logaritmos, señor.

Los logaritmos de John Napier no dejaron de utilizarse hasta la aparición de la calculadora electrónica.
La deuda que los matemáticos y todas las ciencias y actividades humanas basadas en el cálculo matemático, tienen con John Napier, es enorme y nunca ha sido suficientemente ponderada.

José M. Ramos González
Pontevedra, 28 de enero de 2012.

domingo, 15 de enero de 2012

Bel-Ami. La universalidad de un alias

     Declan Donnellan y Nick Ormerod acaban de dirigir la película Bel-Ami, basada en la novela homónima del escritor francés Guy de Maupassant. Los exteriores han sido rodados en Budapest y Paris, cuidando con esmero el vestuario y, según parece, manteniendo con mucha fidelidad el guión al texto original. Todavía no ha sido estrenada por lo que no podemos juzgarla, excepción hecha del despliegue, tanto a nivel de reparto, como de medios, con la que nos consta que se ha producido. No obstante siempre nos queda el inevitable recelo, al tratarse de una producción actual, con lo que ello pueda conllevar en lo relativo al tamiz bajo el que se ha de filtrar una novela europea del siglo XIX para un público con un punto de vista de ciento veintisiete años de diferencia. Solamente hemos podido visionar los trailers, y por su aspecto el film nos parece muy prometedor. Mientras tanto permanezcamos a la espera.
     No es la primera versión cinematográfica que se realiza de esta novela, pues su contenido se presta sin duda a ser escenificada por desarrollar una historia intensa y susceptible de ser llevada a la pantalla con ciertas garantías de éxito. A continuación relacionamos la lista de películas basadas o inspiradas en esta novela que, como podemos comprobar, han sido considerables:

     1919 : Bel Ami, Italia, Augusto Genina
     1939 : Bel-Ami, Alemania, Willi Forst (96 minutos)
     1946 : El buen mozo. La historia de una canalla, México, Antonio Momplet (102 minutos)
     1947 : The Private affairs of Bel Ami, (Los asuntos privados de Bel Ami) USA, Albert Lewin (115 minutos)
     1955 : Bel-Ami, Francia-Austria, Louis Daquin (85 minutos)
   1966 : Bel Ami 2000 oder wie verführt man einen Playboy ?, Austria, Michael Pfleghar (90 minutos)
     1976 : L'Emprise des caresses, Suecia, Mac Ahlberg
     1978 : Bel-Ami, España, TV, Francisco Abad (15 capítulos).
     1979 : Bel Ami, Italia, TV, Sandro Bolchi
     1982 : Bel-Ami, Francia, TV, Pierre Cardinal (dos episodios 285 minutos)
    2002 :Bel Ami, l'uomo che piaceva alle donne (el hombre que gustaba a las mujeres), Italia, TV, Massimo Spano (dos episodios)
     2011: Bel-Ami. Reino Unido-Francia-Italia, Declan Donnellan y Nick Ormerod.

     Como vemos en la relación anterior, España no fue indiferente a la celebridad de Bel-Ami. El director gaditano Antonio Momplet, exiliado en México con motivo de la guerra civil, ya había dirigido en 1946 su versión de Bel-Ami. En 1978 Francisco Abad llevó a la pequeña pantalla la novela, en 15 capítulos, que se volvería a emitir en la segunda cadena de Televisión Española en septiembre de 1982. Esta adaptación en forma de telenovela, estaba protagonizada por Víctor Valverde en el papel de George Duroy (Bel-Ami), las actrices Silvia Tortosa (Madeleine Forestier) y Maite Blasco (Clotilde de Marelle), los actores Manuel Tejada (Sr. Forestier) y José María Cafarell (el banquero judío Sr. Walter).
     Tal vez la versión cinematográfica más conocida sea la película alemana, dirigida en 1939 por Willi Forst y protagonizada por el propio director en el papel de Georges Duroy, alias Bel-Ami. Su banda sonora incluye la canción titulada Bel-Ami que sería muy versionada desde entonces.
 La novela fue publicada en 1885. Tan pronto salió a la venta, levantó una gran polémica al verse en ella retratados los ambientes periodísticos y políticos de la época, denunciándose los tejemanejes de la prensa en conciliábulo con los políticos corruptos. Más de uno se vio reconocido en alguno de sus personajes. El mismo Maupassant tuvo que justificarse ante aquellos que lo acusaban de que su novela era un furibundo ataque contra los periodistas. Así se expresaba en una carta dirigida al Gil Blas, el 1 de junio de 1885, en respuesta a las críticas recibidas:

     Queriendo analizar a un crápula, lo he desarrollado en un medio digno de él a fin de dar más relieve a ese personaje. Tenía ese derecho absoluto como habría tenido aquel de tomar al más honorable de los periodistas para mostrar allí la vida laboriosa y tranquila de un hombre honesto.

      Por otra parte, y visto desde nuestra óptica, el periodismo es lo menos vituperado en la novela.
    A nosotros hoy no nos sorprende en absoluto la comunión entre la prensa y la política y todos aquellos intereses bastardos que se mueven en ambas direcciones; parece ser que es algo que todavía permanece en nuestros días, como si se tratase de algo inmutable. Lo que realmente llama la atención al lector del siglo XXI, es lo fielmente que Maupassant nos describe en su novela la condición de servidumbre a la que estaba sometida la mujer en el siglo XIX. Aparte de su evidente misoginia y las influencias de Schopenhauer, Maupassant no nos descubre nada que no fuese estrictamente real, no en vano es uno de los autores realistas más reputados. Y sin duda, lo hace con un realismo sorprendente. En su obra nos muestra con crudeza que las mujeres eran juguetes en manos de los hombres. No hay más que analizar los personajes femeninos de esta novela para apuntalar este aserto:
     Rachel, la prostituta que ronda por el Folies Bergière, con la que Bel-Ami convive cuando todavía no es nadie y de la que se aprovecha casi ejerciendo como su proxeneta.
     Madeleine Forestier, mujer adelantada a su tiempo, con ínfulas de independencia pero prisionera de su sexo, se ve imposibilitada a aceptar una herencia de un amigo porque su esposo no se lo autoriza, pretextando que sería de mal efecto y provocaría los rumores de la gente. Madeleine Forestier es la mujer inteligente, que desea emanciparse, pero que todo su talento ha de ser puesto al servicio de sus dos esposos, Forestier en primer lugar, y Bel-Ami tras enviudar del primero. Ellos han de llevarse todo el mérito de su trabajo porque a ella no le está permitido desarrollar sus aptitudes en ningún foro profesional masculino.
     Clotilde de Marelle, mujer casada, cuyo marido la deja sola grandes temporadas. Hermosa y joven se libra en brazos de Bel-Ami con la naturalidad de una chiquilla caprichosa. Es una mujer voluble y frívola con cierta dosis de estulticia. Se rige por las apariencias y las conveniencias sociales, pero en ella se oculta una personalidad díscola y despreocupada.
     La Sra. Walter, mujer madura pero con reminiscencias de una antigua belleza que todavía la hace atractiva. Prototipo de la mujer religiosa, madre y esposa ejemplar que cuando comete un desliz se considera condenada sin remisión. Aun así, el amor pecaminoso que siente por su amante es mayor que los remordimientos que casi la llevan a la locura y provocan que se cele de su propia hija.
     Suzanne Walter, hija de la anterior, la niña mimada que siempre obtiene lo que quiere y que no tiene más ambición en la vida que un marido divertido con el que pueda satisfacer sus locuras de juventud.
     Todas estas mujeres son las presas de Bel-Ami, un hombre que las seduce con el único fin de escalar socialmente, abandonándolas una vez alcanzado el peldaño que se propone ascender. Haciendo acopio de un encanto hipócrita, conquista a las mujeres, les saca todo el provecho posible y las abandona con la misma facilidad.

Seductor al conquistarlas,
cariñoso al mantenerlas
indiferente al perderlas,
mezquino al abandonarlas.

     Tal es, en síntesis, el planteamiento de esta célebre novela, al margen del entorno en el que se mueven los personajes: la sociedad mundana, la política y el periodismo. Estos últimos ámbitos constituyen el marco que se presta perfectamente para plasmar todo el trasiego de intereses derivados de la ostentación del poder. Es ahí donde mueve Bel-Ami sus piezas, carente de todo escrúpulo, favorecido por la ciega complicidad de sus congéneres que, desde el cómodo sillón desde donde ejercen su autoridad, no saben proteger a sus mujeres de esos depredadores, auspiciando asimismo la situación de inferioridad social de la mujer ante los embates del recién llegado a su mundo.
     En 1912, Fernand Nozière realizó una adaptación teatral de la novela en ocho cuadros, que se estrenó el 24 de febrero en el teatro del Vaudeville. Como casi siempre sucede en estos casos, los guiones adaptados de novelas célebres no suelen ser del agrado del público, porque ese mismo público ya tiene hecha su propia representación previa a la del estreno y ambas casi nunca coinciden. No por ello dejaremos de valorar el trabajo de adaptar una densa novela a una obra de teatro, cuyo efecto final consigue el objetivo de transmitir el mensaje de la obra original. Como era de esperar, no obtuvo éxito. La crítica teatral se cebó con ella y el público fue indiferente.
     Al hilo de lo anterior, es nuestra opinión que el teatro debe ser un género al margen de la novela, al igual que el cine. Cada uno de ellos debe gozar de la independencia que le procura una trama original en exclusividad. Al igual que en toda traducción casi siempre se falsea, en mayor o menor grado, el sentimiento del autor original,  lo mismo sucede con el cine y el teatro adaptado de la literatura. Son muy escasas las adaptaciones superiores a aquello en lo que se inspiran.
     Hoy, la expresión "Bel-Ami", se ha convertido en un todo un símbolo internacional, desvirtuándose en cierta parte la personalidad del protagonista para incidir más en su aspecto físico y sus dotes para la seducción. Bel-Ami es sinónimo del hombre apuesto y seductor, independientemente de sus inclinaciones sexuales. De hecho existe una revista de marcado carácter homosexual llamada Bel-Ami, y también es el título de una serie de películas pornográficas para el colectivo gay.
     Por lo tanto, de igual modo que su maestro Flaubert, con Madame Bovary creó el personaje que daría lugar a la expresión bovarismo, para indicar en psiquiatría una patología en la mujer, consistente en desear ser lo que en realidad no se es, Maupassant logró que su Bel-Ami fuese un icono de la belleza masculina que perdura en nuestros días con más pujanza que nunca.
    No debe confundirse con el donjuanismo o el Casanova, aunque a primera vista pudiese parecer lo mismo. Ambos son de generaciones y características muy diferentes. El don Juan es romántico y seduce porque ama a la mujer. Don Juan es el mujeriego por excelencia y Casanova representa al homo-erótico. Bel-Ami es la antítesis del romántico. Su personalidad tiene más alcance porque es pragmático y un arrivista que, partiendo de cero, utiliza a la mujer pero no ama. Esto le permite también utilizar sus encantos para seducir incluso a los maridos, tal y como hace en realidad. Bel-Ami no sabe amar porque su creador tampoco sabía hacerlo. Guy de Maupassant jamás amó a una mujer que no fuese de un modo material. Incluso llegó en muchas ocasiones a identificarse con su propio personaje. En más de una ocasión llegó a decir: «Yo soy Bel-ami». Esta incapacidad de Maupassant para amar, se manifiesta en su obra de un modo patente, llegando incluso a ser reconocido por él mismo:

     En los diálogos amorosos rompí multitud de cuartillas, porque tras su lectura lo que en principio me parecía adecuado, luego me producía hilaridad. Nunca supe describir bien las escenas de amor.

     En cualquier caso, Bel-Ami es todo un triunfo de la literatura que nos demuestra la inmortalidad de ciertos personajes que trascienden más allá de lo meramente ficticio y salen de los libros para convertirse en paradigmas de algún aspecto, virtuoso o abyecto, de la condición humana, siendo absorbidos e incorporados al lenguaje ordinario. Eso es un gran privilegio que confiere universalidad a una obra.


José Manuel Ramos González
Pontevedra, 15 de enero de 2012

miércoles, 11 de enero de 2012

El milagro de Lucía. Cuento de Navidad

Este es un cuento de Navidad que escribí una tarde de diciembre de 1995 para mis hijos Alejandro y Diana. He de decir que a los niños le gustó y quedaron un tanto conmovidos. Quiero compartirlo con quien le apetezca leerlo.

Era Navidad. Las calles estaban abarrotadas de gente que iba y venía con paquetes envueltos en brillantes papeles adornados con motivos alusivos a las fiestas, tales como campanitas, pequeños dibujos de Papá Noel sentado en su trineo, árboles, Reyes magos y muchos más. Los escaparates de los comercios estaban decorados con cintas doradas y las calles se iluminaban con muchas bombillas de colores dispuestas en diversas formas, y en ocasiones se podía leer en ellas “Bo Nadal” o “Navidad 95".
Pese al frío reinante, la gente estaba contenta porque se aproximaba Nochebuena e iban a disfrutar con su familia de una gran y apetitosa cena para conmemorar el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios. Unos a otros se saludaban diciéndose: “Feliz Navidad”, “Felices Fiestas”.

lunes, 2 de enero de 2012

La carta (relato)

“Hannover 11 de noviembre de 1670

Señor,
Apelo a vuestro principio de autoridad, para que me honréis con la revisión de estas notas.
Las someto a vuestra insigne persona para que las juzguéis y me digáis si las consideráis dignas de algún crédito y fiabilidad.
En ellas planteo un sistema que se asemeja al que los griegos denominaban método “exhaustivo” y con el que lograron averiguar, mediante particiones infinitesimales, áreas de figuras regulares. Con mi idea generalizo el sistema y puedo extrapolarlo a cualquier recinto.
Han sido estudiadas por mí reiteradas veces en busca de algún error que pudiera desvirtuarlas, pero como medida de prudencia, os las envío con el convencimiento de que vos sabréis valorarlas, si ha lugar a ello.
Lo que os envío es el fruto de un arduo trabajo, noches febriles y de insomnio. He aquí mi conclusión.
Así pues, me atrevo a acudir a vos para robaros un poco de vuestro inestimable tiempo, sabedor de que sois uno de los pocos, sino el único hombre en el mundo, que sabrá apreciar la magnitud de mis descubrimientos o hallar cualquier defecto que los haga inservibles. Sea como sea, cuento con vuestra absoluta sinceridad y discreción como me consta queda avalado por vuestra trayectoria académica.

Vuestro afectísimo,
Wilhem Leibnitz “


Isaac Newton miró aquel sobre procedente de Alemania. Como los demás lo dejó apartado en una pila de papeles que se amontonaban sobre su mesa. Acto seguido volvió a abrir su Biblia y se enfrascó en profundas meditaciones. Hacía tiempo que pretendía averiguar el Día del Juicio Final. Según sus cálculos cabalísticos había conjeturado que sería antes del año 2060, pero esa era una información muy inconcreta. Era vital averiguar la fecha exacta, pero se encontraba en un callejón sin salida.
Se quitó las lentes y en un acto inconsciente se frotó los ojos. Se levantó para prepararse un té. Cuando regresó a su mesa lo primero que vio fue aquel sobre. Mientras depositaba la taza con el líquido humeante sobre la mesa, abrió indolente la carta y extrajo una docena de papeles que contenían una escritura diminuta y apretada.
Vio la fecha. Casi dos meses habían transcurrido desde que aquel anónimo admirador le había escrito. Su primer pensamiento fue que se trataría de algún chiflado pretendiendo demostrar algún problema similar a la cuadratura del círculo, como tantas otras veces.
Comenzó la lectura. El escepticismo inicial dio paso a la curiosidad, luego al interés y por último al entusiasmo. En ocasiones tenía que volver sobre sus pasos porque alguno de los conceptos allí expresados le resultaba árido. No obstante lo que leía parecía brillante.
Cuando acabó, apartó la Biblia a un lado, abrió un cajón y tomó un folio inmaculadamente blanco. Era el papel que reservaba para sus manuscritos más preciados. Mojó la punta de la pluma de ganso en el tintero y, en letras primorosamente trazadas, escribió:

Method of fluxions by Isaac Newton. Cambridge 1671.

José Manuel Ramos González
2 de enero de 2012


El legado (relato)

Esa tarde lo habían desafiado en el bulevar. En realidad él había sido el culpable. ¿Cómo había podido actuar de un modo tan pueril ante la mujer de sus sueños? Había quedado como un idiota ante ella y por añadidura había puesto su vida en manos de un desconocido.
Era un estudiante de veinte años, imberbe y con un rostro que incluso aparentaba menos edad. Un día, paseando por una calle de París, vio a aquella dama. Era una mujer joven, hermosa y distinguida. Un sentimiento que en su vida había experimentado, le golpeó en el pecho como un mazazo. Era el primer amor de una adolescencia un poco tardía. Con timidez se acercó a ella y caballerosamente la saludó. Al verlo tan joven e indefenso, en ella surgieron unos incipientes instintos maternales. Se volvieron a ver y se hicieron amigos. Él perdidamente enamorado, ella divirtiéndose en lo que creía el inocente juego de seducir a un jovencito.
Un día, mientras la buscaba afanosamente en el bulevar, la vio a lo lejos acompañada de un caballero. La pareja iba tomada del brazo. El día era soleado; ella llevaba una sombrilla con elegancia y se dirigía al hombre con mirada risueña y coqueta. Su acompañante era un elegante hombre, de esos llamados mundanos, con un sombrero de copa y un bastón. Se les veía alegres y con cierta complicidad en sus ademanes. El chico recibió un impacto en el estómago, luego le subió una oleada ardiente hasta la cara que era una mezcla de indignación y odio. En realidad no sabía quién era el objeto de esa ira, si él o ella. En cualquier caso no fue consciente de que eran unos violentos celos.
Durante toda su vida había sido un rebelde, lo que le había procurado no pocos disgustos a sus padres. Ya no era la primera vez que había sido expulsado del colegio por su falta de respeto a la autoridad. Pero los celos, nunca habían formado parte de su carácter conspicuo e indómito … hasta ahora.
Sin meditarlo, y con el ímpetu que la naturaleza proporciona a un joven adolescente enamorado y celoso, se acercó a ambos y, dirigiéndose a la dama, exclamó con un tono evidentemente descortés: «Veo que estáis muy bien acompañada…». Ella quedó muda. El caballero, percatándose de la insolencia de aquellas palabras, preguntó a la dama: «¿Conocéis a este petimetre?». La furia, que pugnaba por salir por todos los poros de su piel, ya no conoció encierro y el muchacho propinó una bofetada al caballero.
La dama se llevó la mano enguantada a la boca con una expresión de horror reflejada en su rostro. El caballero, en un acto reflejo, levantó el bastón, dejándolo suspendido unas décimas de segundo en el aire. Luego, se recompuso con dignidad y dijo: «Caballero, exijo una satisfacción. Averiguaré quién sois y os enviaré a mis padrinos».
A partir de ese momento todo se precipitó. Esa misma noche, unos caballeros acudieron al ático donde malamente vivía rodeado de sus libros. Su habitación tenía una mesa, un camastro y un recipiente para encender el carbón en las frías noches parisinas. Él no conocía el protocolo del duelo, pero fue debidamente informado por aquellos hombres que, dicho sea de paso, se mostraron sumamente amables y respetuosos. Al ver a aquel muchacho tan joven, de vez en cuando uno de ellos miraba al otro y negaba con la cabeza con gesto que denotaba compasión. Solamente ellos sabían que su apadrinado era campeón de esgrima del ejército francés.
Le costó mucho dormirse. Al día siguiente temprano, acudió a la residencia de dos de sus compañeros de estudios. Les contó el incidente y les pidió que actuasen como sus testigos. Los muchachos aceptaron de inmediato. Es más, quedaron encantados con lo que para ellos era una aventura de hombres de honor. Él les dio la dirección a donde debían acudir para parlamentar y decidir las condiciones con los padrinos de su rival, y se fue cabizbajo hacia su domicilio. Tenía algo que resolver. Al mediodía, sus amigos sofocados por la carrera y el ascenso hasta el ático, le comunicaron que el duelo se celebraría a la mañana siguiente en el bosque de Bolonia y el arma elegida por el ofendido era la espada.
Ya solo en su cuarto, el pensamiento del enfrentamiento lo obsesionaba. Su cabeza era un torbellino de mil ideas, pero sobre todo primaba el temor a la muerte. Él no era hombre de armas. Lo único que siempre se le había dado bien eran las matemáticas. Enfrascado en sus estudios se evadía de la realidad. ¡Eso es! Las matemáticas le ayudarían a olvidar lo que ocurriría dentro de unas horas.
Se sentó, tomó papel y pluma y comenzó a escribir todas las ideas que en su mente bulllían, producto de los estudios que había efectuado y de lo que creía haber descubierto. Con anterioridad había sometido sus ideas a algunos profesores, pero su carácter indomable y su falta de disciplina académica, le cerraron las puertas de los estamento científicos más reputados, así que dejó de insistir por temor al ridículo y al rechazo. Era un estudiante de l’École Normal y seguramente no le darían crédito.
Pero intuía que iba a morir y era el momento de dar forma y ordenar sus ideas. Se volcó en la tarea. Dos propósitos fundamentales lo alentaban: dejar el testimonio escrito de sus descubrimientos y olvidarse del lance de honor en el que se vería envuelto al amanecer.
Trabajó toda la noche. El cansancio por la falta de sueño lo debilitó. No probó bocado, sus nervios le impedían tragar. Llegaron sus testigos a recogerlo. Salió de su cuarto pálido y temblando de frío y angustia…
En la mesa de su modesto cuarto, unas cuartillas escritas repletas de símbolos matemáticos, eran el último legado de aquel muchacho que dentro de unas horas pasaría a la historia de la Ciencia.
Se llamaba Evariste Galois.

José Manuel Ramos González
Pontevedra, 2 de enero de 2012